Ya basta, este fin de semana dijimos. Alejadas nos han tenido nuestras múltiples ocupaciones. Gente importante somos.
Que lo intenten. Y que adivinen nos gustaría lo que con estos textos hemos hecho.
En eso suena el teléfono y ella contesta. “Nada”, le digo. Estoy imaginando tonterías. ¡Es mi mamá! ¡Ella jamás haría algo como eso! ¿En qué estás pensando?
Ella se me queda mirando y yo trato de ocultarle lo que he estado haciendo, inclinándome sobre la mesa.
“¿Qué te pasa, Antonio?”
Sin que me diera cuenta, se ha acercado mi madre, que agita las manos para que se seque el esmalte de uñas. Doy un salto. Suelto las tijeras.
El número de nuestra casa. Un número al final. Son todos anuncios como este: “Acompañante, mujer sola, todo horario, llamar al…”
Esos son los que nunca me molesto en recortar. Me detengo al llegar al grupo de anuncios en fucsia. Al poco rato, se me acaban los anuncios con títulos naranja, que ofrecen empleos a la gente.
Lo hago por ayudarla. Me siento después de hacer los deberes, con mis tijeras amarillas y el periódico. Un ritual. Lo único que puedo hacer, cuando ella se encierra, es una cosa. Hace dos meses que mi madre está desempleada, y sus ahorros y nuestra suerte se acaban.
Si estuviera mi padre… Ella me deja la comida en la mesa y se va a su cuarto, y cierra la puerta.
Todas las tardes, al llegar de la escuela, mamá me pregunta cómo estoy y me da un beso, y por el resto del día, es como si estuviera solo en la casa.
Exacto. Tratamos de contar una historia desde el final hacia el principio. Y si creen que es una confusión, en el momento de leer cada cual la suya en voz alta, fue peor. Pero fue entretenido. Es su turno.