En una cabaña al final de la playa, vive la bruja. Le falta edad para ser vieja. Es que apenas ayer era una aprendiz. Una carta de su respetada maestra bruja la certifica. La carta era necesaria, pues la sonrisa es dulce, la mirada es mansa. Para salvaguardar su imagen, usa la capa y túnica reglamentarias.
Su casa, residencia de innumerables brujas antes que ella, es alegre. Tiene una planta y un ambiente, sin ventanas, y hay fallas en la cubierta que dejan pasar mucha luz. Una negra puerta principal que nadie usa. Una verde puerta trasera que únicamente cruza ella. Nadie la visita. Si alguien quiere hablarle, lanza piedritas a la puerta. Ella sale a recibirles.
Su jardín es una huerta de la que entrega a sus clientes frutas secas, raíces, hierbas. Es una bruja de tierra, bruja que barre, bruja sin chispas ni ranas. Una bruja sin magia.

Advertisement